El silencio de los tejuelos

Si algún sonido se relaciona con las bibliotecas es precisamente el del silencio. Se presupone, vaya. La biblioteca es un lugar de quietud, frecuentemente visitada como espacio de aislamiento sensorial. Un espacio donde entrar y salir sin llamar al timbre y sin dar portazos. Un mar de aire en calma donde volar sin motor.

También es cierto que todo eso era más que es. Las bibliotecas públicas hace ya tiempo que se alejan de esa imagen de remanso. El silencio presupuesto tiene inesperados depredadores. Los teléfonos móviles que súbitamente suenan, los murmullos previos a las actividades programadas, los inocentes berrinches de los más pequeños o los acuses de sordera de los más mayores y, entre ambos, la indolencia de quien vive todos los lugares comunes como si todos ellos fueran distintas plantas de un centro comercial.

A todo ello asisten, silenciosos, los tejuelos. En los estantes, todos en fila más o menos india, seguidos en cada renglón hasta cada lomo y aparte.

Algunos de ellos se saben parte de pequeños grandes grupos… Por ejemplo entre las novelas, todos los tejuelos N Chr de las de Agatha Christie, los N Kaf de Kafka, los N Zwe de Stefan Zweig… Algunos además de juntos van revueltos, como los de las novelas de Camus y de Camilleri o las de Lark y de Larsson, o las de Marsé y las de Martín y de Martinez y de Mar…etcétera.

Ocurre también entre los llamados ‘conocimientos’, esos tejuelos antes que nada con números: algunos también se repiten fácilmente… Entre los del 155 tenemos los 155 Byr de Byrne, los 155 Pun de Punset, o los 155 Roj de Rojas, entre las biblias los 21 Bib o entre los de gastronomía los 641 Coc o entre los atlas los 912 (100) Atl. En infantil se imantan entre sí los IC Iba de Ibáñez, los I** Sti de Stilton, los I*** Bly de Blyton. Entre los compactos musicales comparten cartel los de Beatles, Beach o Beastie Boys, todos CD 2.BEA y por último entre las películas son multitud los DVD Ult.

Pese a esas repeticiones más o menos azarosas la mayoría de los tejuelos esperan ser identificados, precisamente, por su individualidad. Esperan ahí, silenciosamente, sin levantar su tinta. Solamente cuando han sido furtivamente desordenados, al estar, a veces un palmo, a veces un metro, a veces una planta, mal ubicados, parecen susurrar “por favor, recolócame, no sea que me vaya a perder”.